La mujer rota, una crónica

“Mi marido y yo abandonamos Senegal ilusionados, buscando aumentar nuestra calidad de vida en España y, en mi caso, buscando acceder a las oportunidades que me habían sido negadas en mi país. Como es normal, el tiempo y las circunstancias acabaron por enfriar nuestra relación, a pesar de que las temperaturas de Canarias son suaves todo el año -bromea-. Así que por inercia ambos dejamos de tener sexo. Yo pensaba que esto le pasaba a todas las parejas que llevaban mucho tiempo, así que terminamos acostumbrándonos. Un buen día mi marido cambió de repente y se empeñó en penetrarme a todas horas. Me extrañaba ciertamente su actitud pero yo accedía, siempre, porque mi religión dice que la mujer debe corresponder obediente las apetencias sexuales del marido. Él me ocultaba que tenía VIH y quiso que yo también lo tuviera”.

Ramata

Se había desligado de mí, me había mentido: volvía a encontrarme sobre esta banqueta, sola. A cada segundo, al evocar su rostro, su voz atizaba un rencor que me devastaba. Como en esas enfermedades en las que uno se forja su propio sufrimiento, cada inspiración desgarra los pulmones y sin embargo uno está obligado a respirar.
Simone de Beauvoir (La mujer rota, 1968)

30 de abril de 2009

Hoy Ramata se ha despertado muy temprano. Sabe que es necesario el esfuerzo y, a su pesar, se arma de valor para acudir a la Seguridad Social a contar su problema, a pedir ayuda. El mes anterior su marido había perdido su empleo y desde entonces Ramata había intentado acceder a innumerables trabajos sin obtener resultado. La situación le preocupaba. Sobre todo por su hijo. Y, para colmo, algo grave le estaba sucediendo a su marido que se encamaba de manera continuada por vómitos y diarreas. “No trabajar le ha empezado a convertir en un ser obsesivo”, si no Ramata era incapaz de explicarse por qué estaba tan dispuesto para el sexo últimamente. Aun así, ahora había cosas más importantes que solucionar. Ramata se viste y, sin desayunar, parte hacia el ayuntamiento, lugar donde según le había dicho un conocido debía dirigirse para asuntos de ese tipo. Los funcionarios le informan de una prestación para la cual es necesaria una documentación concreta. A Ramata le falta tiempo para salir corriendo a ver si puede entregarlo todo ese mismo día. Al día siguiente, piensa, es Primero de Mayo y todo permanece cerrado. No quería atrasar el proceso que de por sí se hace esperar. Una vez en casa, acumula rápidamente todas las hojas pero detecta de inmediato una falta, la del contrato de alquiler. Entonces, en un intento por encontrarlo rápidamente telefonea a su marido. Este le ha dicho que busque en el chifonier del comedor. En estas, prueba con el primer cajón con la mala suerte de que, al tratar de abrirlo con una fuerza desmesurada para tal circunstancia, se cae por completo en el suelo junto con todo su contenido. Pega una ojeada rápida e identifica el documento faltante. No lo piensa, deja todo escampado, podrá recogerlo luego. Retorna al ayuntamiento y consigue entregar los papeles a tiempo. Ahora toca esperar, pero se siente orgullosa de haber concluido su parte en un tiempo récord. A cualquier cosa regalamos nuestra satisfacción, cavila. Y regresa despacio a casa. Ha llegado justo a la hora de su rezo. Una vez concluido, acude al comedor de nuevo donde el desparrame de objetos permanece, ahora es el momento idóneo para recogerlo, ya están todos durmiendo y Ramata por fin tiene un rato para relajarse. Entonces comienza a ordenar.

Ni siquiera se fija en demasía en los trastos y papeles que organiza, pero sin percatarse desperdiga varias facturas. Tira a recogerlas, una a una, y da con un papel diseñado de manera diferente. Son los resultados de unos análisis que dan VIH positivo. Están fechados en el mes anterior y signados a nombre de su marido.

Ramata no diría nada esa noche a pesar de que su marido se empeñara en tener sexo. Vería pasar todas las horas del reloj y sobre las 5,00 a.m. acabaría dando la bienvenida a cualquier tipo de reflexión: “Dios ha puesto a mi disposición esa valiosa información que mi marido se niega a compartir. Todo sucede por algo”.

♦♦♦

Quien se cruza con Ramata por la calle es capaz de ver de un simple vistazo a una mujer alta, corpulenta, fuerte; pero quien mantiene con ella una conversación puede percatarse rápidamente de que es una persona capaz de conseguir aquello que se proponga. Ramata, que ahora tiene 37, ha sido una mujer como pocas en Senegal. Un ejemplo a seguir para algunas y DSC_0358un bicho raro para otras, quizás mayorías. A ella siempre le ha gustado vestir con ropa de hombre y eso removía los comentarios de burla entre sus vecinos, pero no le importaba, al contrario, siempre ha disfrutado creando impacto entre la gente. Le provoca una risa jactanciosa y le hace pensar que va por buen camino. Siempre había querido ser futbolista o jugadora de baloncesto, soñaba con ser deportista de élite pues enla técnica era mejor que muchos de sus más masculinos compañeros. Y ella lo sabía.

Sin embargo, Senegal es un país, según cuenta Ramata, donde poco importa lo que una mujer tenga voluntad de hacer: “mis sueños de deportista se fueron esfumando desde que supe que el siguiente paso era era casarme y cuidar de una familia”. Aun así, Ramata nunca dejó de plantearse proyectos en la intimidad que denotan sus grandes habilidades sociales y sus buenas ideas: “olvidé el deporte y comencé a explotar mi espíritu emprendedor, con ideas de empresa muy potentes para contribuir en el desarrollo de mi país, pero nunca he podido ponerlos en marcha porque ante el banco siempre he necesitado el apoyo de mi marido y él siempre se ha negado a dármelo”.

1 de Mayo de 2009

Como ha pasado la noche en vela, espera que se hagan las 8,00 para llamar al Centro de Salud. Lógicamente, los médicos de cabecera no trabajan ese día, así que una mujer le avisa que debe esperar un día para recibir consulta. Que si no se encuentra mal, debe esperar. Entonces, Ramata, que no puede contentarse con la agonía de la espera de un día más, concentrada en su incertidumbre, sale de casa y comienza a peinar el barrio en busca de un locutorio abierto. Encontrado, accede a un ordenador y coloca en un buscador la siguiente ecuación de búsqueda: “síntomas del VIH”. Ramata comienza a leer los diferentes resultados y no tarda demasiado en comprender que ella sufre la mayor parte de ellos. Durante los días anteriores se había sentido con los ojos inflamados y con nauseas, pero era incapaz de creerse que le podía estar pasando lo que parecía. Después regresó a casa y su marido siguió pidiéndole sexo.

♦♦♦

Ramata, aunque atrasó cuanto pudo la idea del matrimonio, terminó casándose con un hombre musulmán como ella, pero de ideas -añade- excesivamente conservadoras que se negaba, entre otras cosas, a que trabajara. La situación cambió al llegar a Tenerife en el año 2002: “mi marido, al ver que necesitábamos dinero, me permitió trabajar esporádica y únicamente en labores de limpieza”. Ella, que por entonces tenía 25 años, había realizado algunos cursos de informática básica en su país y quería realizar otros más actualizados, pero su marido, en un momento en que vio crecer las ambiciones de Ramata, y creyó poder perderla, la invitó a tomar de nuevo un descanso y llevar una vida más tranquila: “sabía que tarde o temprano me obligaría a quedarme en casa encerrada, como toda buena mujer senegalesa, así que decidí quedarme embarazada para poder cuidar de un hijo”. Con esto, Ramata vio una oportunidad para abrir su círculo social y se propondría como cuidadora de niños en su barrio para reducir su hastío y aumentar así su independencia económica. Siempre fue ágil para encontrar vías de escape.

2 de mayo de 2009

A primera hora de la mañana Ramata se presenta frente al despacho de su médico de cabecera. Ha llegado sin desayunar, pensando que de ese modo el doctor podría rápidamente hacerle el análisis pertinente. Y ha llegado también sin desayunar porque últimamente ya es una rutina no hacerlo. El doctor la manda a casa con una cita para el día siguiente que en concreto especifica la palabra “análisis”. Según él, en España las cosas se hacen de otra manera: pidiendo más citas. Ramata regresa a casa y, temiendo lo peor, intenta permanecer todo el día lo más distante posible de su marido con tal de que éste no le proponga otra profusión de penetraciones. Por suerte, esa noche lo conseguiría y Ramata optaría por pedir un hueco en la cama de su hijo, aunque solo fuera por no flagelarse con el sonido de las inspiraciones entrecortadas de su marido, que parecían augurarle un inminente destino plagado de intermitencias.

♦♦♦

La vida de Ramata ha estado repleta de intentos. Su hijo crecía, comenzó a ir a la escuela y fue por entonces cuando se empecinó en prepararse para ir a la universidad, deseaba estudiar marketing y gestión de empresas, aunque fuera a distancia, desde casa, porque tenía un proyecto muy concreto en mente: “en mi país hay muchos cultivadores de arroz, pero solo se consume el que viene de fuera y yo sé cómo solucionarlo”. Ella, que mantenía contacto continuo con sus familiares senegaleses, quería contribuir en un cambio de conciencias, de tendencias, de crecimiento para Senegal: “por los irreconocibles silencios de mi marido ante mi insistencia todo me pareció propicio para iniciar mis estudios. Pero entonces, en cuestión de una semana, mi vida cambió por completo”.

3 de mayo de 2009

Ramata consigue hacerse sus análisis y regresa a casa con la mayor de las desesperanzas: ella puede estar asentando una peligrosa enfermedad y vive junto a un hombre que la induce a enfermar sin razón o motivo aparente. A veces Ramata se pregunta qué ha hecho mal para merecer tal castigo, pero otras veces también se plantea si debe continuar siendo fiel a su religiosidad, si no debería plantar cara ante los abusos de su marido. Siempre que Ramata piensa de este modo termina sobrecogiéndose por un profundo sentimiento de culpa y responsabilidad. ¿Hacia dónde dirigirse con un hijo tan pequeño, alejados de su país y su cultura, y en una isla de la que parece imposible escapar?

6 de mayo de 2009

Eran razonables los malos augurios. Ramata sale de la consulta del médico habiendo sido diagnosticada con VIH. Lo que sucede por su cabeza es instranscribible, pero la manera en que actúa es sorprendentemente valiente. Vuelve a casa a paso ligero, por suerte su marido ha salido, no duda en preparar sus maletas, recoge a su hijo de la escuela, y sin pensarlo demasiado, como si una nube de polvo se instalara ante sus ojos y le impidiera cavilar, marcha hacia el aeropuerto de Tenerife y aterriza en Valencia donde tiene un conocido, no demasiado conocido. La vida ha dado un salto inesperado. Pero solo quien conoce a Ramata sabe que no es una persona que se rinda con facilidad.

Ramata 2Ramata y su hijo viven en Valencia desde entonces. Ha conocido a personas con VIH y ha aprendido a vivir con él de una manera normalizada. Ha tenido apoyo psicológico en el Comité y, a través de su mediación, consiguió también un trabajo que mantiene desde su llegada. Tiene una salud de hierro a pesar del VIH y solo toma un retroviral al día que no genera ningún tipo de impacto en su cuerpo. También ha olvidado a su marido, que quizás aún siga buscándola por los islotes del Atlántico. Ahora toda su vida es su hijo, que crece con una madurez muy poco usual en un niño y contenta a su madre con mimos y cuidados. Ramata, que no guarda odio ni rencor hacia el que fue su marido, vehicula su energía hacia rutas ilusionantes. Es una mujer luchadora que aún sonríe cuando se mira en el espejo: “me dedico a la limpieza y utilizo mi tiempo libre en internet, aprendiendo, buscando canales de contacto con mi país e informándome sobre ayudas económicas para mujeres emprendedoras en Senegal. Yo sé que terminaré volviendo a trabajar por contribuir en la mejora de mi país” . Ramata es perseverante, como pocos, y cree que la paciencia otorgará recompensas a las personas realmente virtuosas.  ♦ Pilar Devesa – Valencia

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