Llegar a ser high level

Juan Carlos tiene 51 años y desde hace más de treinta consume heroína. Ha pasado la mitad de su vida en una veintena de prisiones y su lema siempre ha sido ir un paso por delante de los demás porque el que va primero, va dos veces. Contrajo el VIH por alquilar una chuta en la cárcel y la última vez que quedó libre se miró al espejo y sintió miedo de contemplarse envejecido. Juáncar lleva ocho meses limpio y esta es su historia de carreras. JuanCarlos

“El mono, ¡jodido mono!
Que sin árboles, ni lianas
sabe trepar solo”.
David Martín Surroca, Poemario Yonqui, 2015

Juan Carlos nació en el año 1964 como el hijo menor de siete hermanos varones. Vivían en el arrabal de La Ventilla, en Madrid, pero pronto se desplazaron a Móstoles donde el padre, que era pintor, tenía más oportunidades laborales. Trabajaba de sol a sol para que sus hijos no tuvieran necesidad de sacrificarse. Y a ese buen deseo Juáncar se aferró desde que tuvo uso de razón. Con 13 años no le gustaba estudiar y tampoco podía trabajar legalmente, así que optó por descubrir su adolescencia en su medio preferido: la calle.

“A mí lo que me gustaba era estar con los colegas, los ciegos y las chicas. Lo normal, te juntas con los chavales del barrio y empiezas con el cannabis y los ácidos. En casa se me exigía muy poco. Mi madre había convencido a mis hermanos de que me tenían que cuidar y entonces siempre había alguien para darme unos cuantos duros para gastar. Eso, en cierto sentido, me volvió un poco caprichoso porque, aunque pasaran los años, nunca dejaba de ser el pequeño”.

Con algo de dinero en los bolsillos, aunque siempre insuficiente, Juáncar podía crear planes con sus colegas sin excesiva limitación: “nos juntábamos un grupito, pillábamos 50 gramos de chocolate y varios tripis y pasábamos el finde por ahí, de un lado a otro”. Les gustaba salir donde hubiera jóvenes más mayores: “nos enseñaban que había drogas de adultos y nosotros teníamos muchas ganas de probarlas y ser como ellos. Cuando eres pequeño solo quieres crecer para hacer lo que hacen los otros. Y eso nos pasaba. Fumábamos marihuana y comíamos cartones, pero eso no dejaba de ser un nivel uno y nos sabía a poco. Queríamos ser más expertos y llegar cuanto antes a formar parte del grupo de los old school.

Los hermanos de Juáncar le habían enseñado a conducir muy pronto: “eso me permitió hacer muchas travesuras, pero también pasármelo de vicio. Ellos tuvieron alguna época consumidora, pero yo terminé superándolos en todos los sentidos”. A él por entonces lo que más le gustaba era fumar canutos: “empecé a hartarme del LSD porque me había comido muchos y me dejaban atrapao. Y en cuanto me lo hacía quería que el golpe se acabara rápido. Y eso no mola. Yo quería dar un paso más y probar con la droga de los Hombres.Juancarlos2

A los 18 años Juáncar experimenta un cambio notable en su vida. Se ha convertido en mayor de edad y sus padres le acaban de regalar un coche. Ya no tiene, como antes, que pedírselo a sus hermanos y ya no se siente inferior respecto a ellos. Comienzan las largas noches de fiesta y ahí asciende de nivel en lo que se refiere a su consumo de drogas, empezando con la coca: “una vez tuve el coche, fui conociendo los extraradios y los del grupo empezamos a experimentar con drogas más duras y a conocer chicas”. Ya era adulto, pero no estaba dispuesto a conformarse con una vida condicionada por las responsabilidades: “ahí tampoco quise buscar un trabajo; yo he sido siempre un bala perdía y no iba a cambiar entonces a peor. Lo que yo quería era disfrutar con mis colegas y eso era cómodo. Lo más loco estaba por venir”.

Se llevó entonces a su primera novia seria, Marisa, a vivir a la casa familiar: “mis padres querían que nos casáramos para que yo sentara la cabeza, pero esas cosas a mí no me iban. Mis hermanos fueron poco a poco yéndose de casa con sus respectivas y al final nos quedamos Marisa y yo solos con mis padres. En 1984 ella se quedó embarazada y a mí me llamaron para ir a la mili. A partir de ahí todo empieza a írseme de las manos”.

Historias de la mili

Tras jurar bandera en Córdoba le destinan a la Línea de la Concepción para proteger el cuartel de misiles antiaéreos: “imagínate, por allí, chocolate, todo el que quisieras”. Y ahí Juáncar empieza a drogarse por la vena: “me hice amigo de un catalán que le daba bastante y me di cuenta de que yo necesitaba varias rayas de coca para ponerme engorilao y él con una chispa de heroína se pillaba unos colocones alucinantes. Yo eso quería probarlo. Así que nos íbamos los domingos de permiso a pillar y nos la hacíamos por la calle o en una pensión, si teníamos suficiente dinero. Nos tirábamos el día ciegos. Era lo mejor de la semana”.

Juáncar se metió en varias peleas durante ese período: “quizás porque he sido un poco malcriado he querido tener siempre la razón y eso me metía en muchos problemas. La primera pelea fue en una guardia de fin de semana en el monte. Yo me había llevado mi bola de chocolate para pasar el rato y vino un tipo pidiéndome un poco y yo no quise darle. Por cosas así me acabaría metiendo en líos muy gordos tiempo después. Yo no me dejo pisar por nadie”.

Quien se hacía heroína por entonces en la mili era, entre la gente que se drogaba, un poco más hombre que el resto de los reunidos en pos de alucinar. Se debía un respeto porque había alcanzado un nivel especial o, al menos, eso pensaba Juáncar cuando empezó a experimentar los primeros chutes: “a mí sobre todo me hacía sentir superior y satisfecho”. Al principio, podía elegir cuándo combinar sus ciegos; si quería fiesta esnifaba cocaína y si quería bienestar se inyectaba el caballo: “pero no tuvieron que pasar muchas semanas para que el cuerpo me pidiera heroína a todas horas”.

Fue al terminar el servicio militar y regresar de nuevo a Madrid cuando la adicción de Juáncar se hizo más y más intensa, y comenzó a dejarse descubrir en su entorno más próximo. Marisa, que cuidaba en solitario de la hija de ambos, había intentado ayudarle en repetidas ocasiones, pero no había quien lo enderezara. Sus padres se enteraron de su enganche y dejaron de abastecerle como de costumbre así que él no se lo pensó dos veces: “empecé a robar coches y en seguida vino lo fuerte”.

La época de los trabajos

Convocado por varios colegas, comenzaron a planear atracos en bancos y farmacias: “llegábamos en cualquier coche robado, entrábamos en el sitio con machetes, nos pirábamos en seguida sin causar heridos y luego nos pasábamos el día drogados comentando la jugada. Después, llevábamos el coche a un descampado y lo reventábamos. Soltábamos mucha adrenalina y era una forma rapidísima de conseguir dinero y drogas legales”.

Todo fue yendo a más porque Juáncar comenzó a codearse con atracadores de más altura. Ellos se hacían con más dinero solo porque llevaban un arma de fuego, así que no tardó en pensar ¿y por qué yo no? Se hizo con una recortada en el mercado negro e inició otra serie de atracos que le facilitaron rápidamente grandes beneficios.juancarlos3

“Hubo una temporada que atracábamos tres bancos a la semana, a unos 6 millones de pesetas por banco, ya ves, vivíamos a lo grande y cuanto más teníamos, más necesitábamos. Mis colegas y yo éramos muy espléndidos. Hacíamos comilonas para medio barrio y a nuestra gente no le faltaba nada. Llevábamos ropa buena y nos sentíamos poderosos. Sin embargo, también tuvimos que pagar un precio muy caro por todo lo que conseguimos. Algunos amigos murieron tiroteados y otros arruinaron a toda su familia. Yo no era consciente de lo que realmente sucedía porque estaba muy enganchado a atracar, a menudo solo por el subidón que me proporcionaba”.

“Nunca hice daño a nadie mientras trabajaba y eso me mantiene tranquilo”. Y llama trabajo a robar por una razón muy convincente: “son tantos años de atracos, de planes y proyectos, tantas horas invertidas en plantear y ejecutar robos, que al final cuando uno se da cuenta ha pasado toda su vida dedicándose a ello y no sabe hacer otra cosa. Uno es lo que es”.

Burgos, Carabanchel, Valdemoro, Navalcarnero, Salamanca, Palencia, Valladolid, Soto del Real…

Juáncar empezó a entrar y salir de prisión con mucha facilidad: “la primera vez estuve en busca y captura unos días porque me reconocieron por foto en él último trabajo que había hecho. Se me habían acumulado muchas causas y entonces fueron llegando las condenas”. Ha estado un total de 14 años en prisión de manera intermitente, sin contar lo preventivo que sumaría otro tanto.

Cada vez que le pillaba la policía, a Juáncar lo que más le preocupaba era no poder drogarse: “generalmente me comía el mono a pelo porque aunque en la cárcel puedas conseguir material, nunca es el suficiente al que tú estás acostumbrado”. Cuando salía, él seguía con su rutina de atracos porque no sabía qué otra cosa podía hacer: “con el tiempo, empecé a cansarme, llegaba casi a agradecer que me volvieran a encerrar porque lo veía como una oportunidad para desengancharme definitivamente”. Pero Juáncar salía limpio y otra vez volvía a la carga. No veía salida y tampoco se le olvidaba que, de todas maneras, la cárcel era un lugar muy duro para vivir.

“Me tragué mucho laboratorio –trata de buscar sinónimos- estuve en muchas celdas de castigo y siempre me tocaban las peores galerías. Y todo porque ni en la cárcel fui capaz de callarme cuando debía”. Juáncar se involucró en muchas peleas durante su período penitenciario y fue apuñalado hasta en tres ocasiones: “la primera vez fue en la calle por una discusión que venía de antes, en la cárcel. Era un tipo de mi barrio que medía dos metros y vino a clavarme un cuchillo por la espalda. Las otras dos veces sucedieron dentro de prisión y fueron por el tú me debes de una papelina, o algo así”. Nunca le pasó nada grave y tampoco permaneció impasible: “yo también di alguna puñalada en alguna ocasión por motivos similares. Ahí regía la ley del más fuerte y uno tenía que ir siempre empalmao. Si bajabas al patio, lo hacías con el cuchillo escondido porque no sabías lo que te podía venir. Todo eso ahora ha cambiado con los años y a mí me parece que ahora la prisión es algo más light.

Juáncar admite que nunca le han gustado los abusos, nunca fue de los que quitaban las zapatillas a los novatos, pero presentía que solo él podía protegerse de cualquiera que se hiciera pasar por enemigo. Debía aparentar fortaleza: “no servía de nada intentar ser buena persona porque la condena no tenía ninguna intención de reinsertarte en la sociedad. Siempre me apunté a los tratamientos de rehabilitación y nunca me llamaron para participar en ninguno. Así que estabas solo; si no eras duro estabas perdido”.

La meta: (des)habituación

Probó con la metadona, como recurso de dudosa eficacia para abandonar sus conductas adictivas, pero Juáncar se vio inmerso en el mismo foso que otras muchas personas con su problema: “cuando llegaron a Madrid estos tratamientos fui de los primeros en probarlo, mi carné de tratamiento de metadona tenía el número 87 en la asociación de mi barrio. Empecé a consumirla como sustitutivo de la heroína, pero al final la combinaba con pastillas o con coca porque yo seguía queriéndome poner ciego”.

juancarlos4Entonces volvió a entrar en prisión y allí mismo le diagnosticaron VIH. A él y a otros cuatro colegas que habían alquilado una jeringuilla a un tipo para hacerse un pico muy deseado: “nos decían que el virus se muere en el aire a los cinco segundos, así que pensábamos que si la limpiábamos bien no pasaría nada”. Se rigieron por aquello que preferían creer y el ciego terminó embriagándoles de pura realidad.

“Yo renuncié a tomar el tratamiento contra VIH de la época porque me parecía veneno para ratas. Veía a los compañeros que lo tomaban y estaban muy jodidos, así que en aquel momento prefería morirme de manera natural. Sin embargo, luego llegaron unos retrovirales diferentes y, al ver que la gente mejoraba, demandé mi tratamiento”.

Juan Carlos ha entrado en prisión unas cuarenta veces y ha terminado por sentir que necesita enriquecerse de otras acciones para poder seguir adelante: “estos últimos años he recobrado un poco el contacto con mi hija, que ya es una mujer de 30 años. Ella siempre ha comprendido quién era su padre y se ha mantenido respetuosa con mi problema”. Los hermanos de Juan Carlos han tratado de ayudarle con empeño durante muchos años, invitándolo a participar en terapias de lo más diversas: “estuve durante un tiempo metido en un grupo de la Iglesia por petición de mi familia. Lo quise intentar por ellos, pero como la cosa no me convencía desde el principio terminó por no salir bien”. En un último esfuerzo, uno de sus hermanos se puso en contacto con el Comité AntiSida de la Comunidad Valenciana, donde le habían comentado que ofrecían un tratamiento integral de servicios a personas con VIH y dificultad para reinsertarse en la sociedad.

Juan Carlos se desplazó hace dos meses a Valencia y actualmente vive en un piso tutelado con tres compañeros. Acude al Centro de día y participa activamente en los talleres que se realizan: “estoy adquiriendo nuevas formas de vida y espero generar el cambio verdadero que todos esperan de mí. Lo cierto es que a veces aún se me remueve un poco el estómago cuando pienso en un chute, pero psicológicamente estoy concienciado de que ya no quiero eso para mí. Me merezco algo mejor”. El plan de Juáncar es rehabilitarse por completo y establecer nuevas rutinas comportamentales en entornos favorecedores, pero sobre todo su objetivo último es poder regresar a Móstoles para convencer a los suyos de que Juáncar sí ha cambiado. Y ha conseguido verdaderamente ascender de nivel. ♦ Pilar Devesa – Valencia

 

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6 comentarios en “Llegar a ser high level

  1. Eduardo dijo:

    Yo tambien estuve enganchado.soy de la linea de la conception .tengo 51 Años. Lo pase mal ;tube irme a vivir a londres.curas de Sueño. Metadona.etc.Animo;Machin. Mira a del ante, Colega. Te deseo lo mejor. God look may Broder.

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