A mi hija, a su pesar

Hola, Érika:

Aquí me tienes, después de tanto tiempo ¿cuántos son ya?, ¿ocho años sin hablar? Hay que ver, los días pasan volando y cuando me he querido dar cuenta tú ya tienes 30 años y eres toda una mujer. Te he visto alguna vez comprando en el mercado, de soslayo, pero qué puedo decirte, nunca me he atrevido a lanzarte una palabra. Me siento paralizada y temo que me ignores. Es verdad, ha pasado mucho tiempo y yo he cambiado demasiado. Te alegrará saber que ya no lloro tan a menudo; es por eso que he encontrado las fuerzas para contar mi historia con la esperanza de poder mostrártela algún día. Si soy sincera, una parte de mí desea que por mera casualidad seas tú quien dé con este relato. Eso sería lo más cómodo para mí, quizás porque me aterroriza no llegar a sacar nunca el valor para explicarte toda la verdad. Sin embargo, por lo pronto, me contento con pensar que este escrito podría, tal vez, ser un primer paso para volver a crear algo contigo. Lo hago para bien, pero tengo miedo de que éste no sea el mejor modo. En todo caso, esta es mi verdadera historia y está dedicada a ti.

anais

El pueblo francés donde Anaís pasó su infancia siempre le ha recordado a un lugar de cuento. Sus padres eligieron Bar le Duc porque tenían un pariente y les parecía que Francia otorgaba mejores condiciones para cuidar de una familia. Allí crecieron seis hermanos en un ambiente que Anaís nunca pudo identificar con el relato de una fábula.

Ya sabes cómo ha sido siempre la abuela. Mi madre parecía que había tenido hijos solo porque le daban una paga por cada uno y nunca nos mostró nada parecido a cariño, más bien al contrario. Quizás es por eso que de niña solo vivía escondiéndome de sus palizas y sus insultos. Nos protegíamos entre los hermanos porque, entonces, sí nos llevábamos bien. Mi padre trabajaba dos jornadas diarias y cuando volvía a casa solo era para comer y dormir. A mí me gustaba ir con él a cualquier sitio. Cualquier tarea con él era mejor que estar en casa con mi madre. Tú eso ya lo sabes. Mi infancia no fue sencilla y al terminar la educación básica nos volvimos todos a Valencia, al barrio de la Luz, donde tú naciste.

Anaís comenzó con 14 años a trabajar en una fábrica de toldos para traer algo de dinero al hogar. Ella no había tenido tiempo de hacer amigos, así que cuando llegaba el sábado insistía a sus hermanos mayores para que la dejaran salir con ellos por las discotecas. Era su único modo de establecer nexos sociales con coetáneos. Siempre estaba trabajando y rodeada de gente adulta.

Tú lo sabes, Érika. La mamá siempre ha tenido muy buena presencia ¿recuerdas cuando nos confundían con hermanas? No sé qué te parecía a ti, pero a mí me sentaba muy bien tener buen aspecto. Irás entendiendo por qué. Pero ¿sabes? Por ser una chica resultona me vi metida en muchos problemas. Una vez, por ejemplo, me ofrecieron un nuevo trabajo en una fábrica de lámparas y el señor que me hizo la entrevista me subió en su coche con la excusa de acercarme a casa y me llevó a un descampado para intentar tocarme. Grité y grité hasta que lo puse muy nervioso y temió ponerse en evidencia. Yo por entonces era muy ingenua, pero te cuento esto porque me parece necesario que comprendas por qué yo te decía todo aquello antes de que te fueras de casa. Nunca he querido ponerme por delante de ti, pero he vivido más y mi única DSC_0446intención era alertarte de que la gente no es tan bienintencionada como piensas. Como pensabas. Seguro que ahora todo esto lo sabes de primera mano. Parece que todas debemos vivir nuestras propias guerras para sentirnos verdaderas vencedoras. Pero en fin, tampoco quería profundizar demasiado en este tema. Solo me ha venido a la cabeza porque fue precisamente en esta época cuando conocí a tu padre. Nos vimos por primera vez en Morraker, una discoteca que se ubicaba por la zona de Peris y Valero. Me lo presentó tu tío Javi y me gustó muchísimo, así que mantuve con él mis primeras experiencias sexuales. Imagínate, desprotegidas, claro. Yo tenía 17 años y no usaba ningún sistema de prevención. No se conocían como ahora, entonces te arriesgabas a lo que viniera. Y así fue, cinco meses después de empezar nuestra relación me quedé embarazada de ti y yo, sinceramente, quise que me tragara la tierra.

A Anaís le costaba asimilar la situación, ella acostumbraba a mantener una relación muy fría con su madre y temía no saber cómo hacerlo con su hija. No tenía amigos, no tenía más que su trabajo. En ese momento hubiera deseado conocer cualquier método para abortar y continuar pensando en vivir solo por la recompensa de cada sábado de desfase en la disco.

¿Qué creías, que yo iba a poder decidir? Tu abuela se encargó de organizarme la vida y me obligó a casarme con tu padre, a pesar de que yo sabía de antemano que no era una buena idea. Me resulta difícil decirte todo esto, pero tu padre tenía la mano muy suelta y bebía más que respiraba. ¿Por qué tenía que casarme con mi primer novio?, ¿por qué debía tener un hijo si no sabía cómo cuidarlo?, ¿si ni siquiera mi madre iba a poder enseñarme a hacerlo? El caso es que cumplí sus órdenes; de lo contrario hubiera tenido que marcharme de casa y yo temía hacerlo porque tu padre no me transmitía ninguna seguridad. Y te tuvimos. Y tu abuela me pidió que te llevara a la Inclusa. Me negué. Y tras varios vaivenes con tu padre, él terminó marchándose y yo, como vaticinaba, me quedé sola contigo. Desorientada. Viviendo una vida que no había elegido y sintiendo que no se me permitía llevar el control de nada.

Pasaron madre e hija los cinco años siguientes viviendo en una caseta de campo que tenían sus abuelos en posesión. Aquél era el lugar donde se reunía la familia para las celebraciones navideñas y, en una de éstas, Anaís se enamoró perdidamente del hermanastro de su prima Jacqueline. Iniciaron un romance muy intenso y Anaís se trasladó con su hija al lugar de su infancia, Bar le Duc, para iniciar una vida junto a quien parecía prometerle lujos y comodidades a ambas. Pero la pasión de los inicios no tardó en desvanecerse.

DSC_0439Qué puedo decirte, que traté de buscar el bienestar para las dos, sin pensar demasiado en las consecuencias de mis decisiones. Tenía 25 años, pero no sabía nada de la vida. Solo quería tener un apoyo, pero en Francia descubrí que solo por buscarlo desesperadamente no significaba que lo fuera a encontrar a la primera de cambio. Regresé contigo a Valencia y, para mi sorpresa, el que necesitaba una mano amiga era tu tío Javi. No había ido por buen camino. Había empezado a drogarse y lo acababan de encerrar en Picassent por varios atracos con arma blanca. ¿Recuerdas cuando ibas a la escuela y algunos viernes se me hacía tarde para recogerte? Al contrario de lo que pensabas, yo estaba volviendo de la cárcel para demostrar a mi hermano pequeño que podía contar conmigo. ¿Que en esos momentos te descuidé? Me temo que nunca fui perfecta, pero gracias a esas elecciones, como bien sabes, conocí al que fue el primer hombre de mi vida. Y también de la tuya.

Ese hombre era Miguel. Se lo había presentado Javi cuando estaba en tercer grado y pasaba los fines de semana en Valencia. Habían sido compañeros de galería y se habían enganchado juntos a la heroína, pero Anaís no era capaz de percatarse de lo cerca que estaba la droga de su hija Érika.

Siempre he sido una persona un poco inocente, tú ya me conoces. Pero es que nunca te había visto tan feliz con alguien como con Miguel. Fue la primera vez que te escuché llamar a alguien con el nombre de “papá”. Estaba convencida de que era el definitivo para nosotras. Pero, aunque tú no te dieras cuenta de nada, él pasó de ser un consumidor ocasional a drogarse a todas horas. Me decía que si pasaba el día dormido era porque había fumado una marihuana muy potente, y yo lo creía a pesar de que yo también fumaba porros ocasionalmente. Una vez recuerdo que saliste del aseo con una cuchara y se me vino el mundo encima; di un ultimátum a Miguel y él comenzó una etapa suicida. Sí, sí, no te exagero, Érika. Tú siempre me has tachado de dramática, pero te aseguro que sé muy bien de lo que hablo. ¿Te acuerdas, Érika?, ¿recuerdas cuándo murió Miguel? No fue nada fortuito, como quizás siempre has pensado. Resulta que una noche me desperté y él no estaba en nuestra cama, me dirigí a la cocina y estaba encogido, esnifando el gas de una bombona de butano. ¡Vas a matarnos a todos! Traté de decirle, pero en esas se levantó como pudo, echó a correr por el pasillo y, sin darme tiempo para reaccionar, se lanzó por el balcón. Es una locura, sí. Y sí, era un primer piso. Pero ¿sabes? Nadie quiso tratar a Miguel en el hospital y regresó a casa con una caja de aspirinas. Yo lo cuidé en todo momento. Quizás es la DSC_0453parte que tú recuerdas, la de él postrado en la cama. Pero ¿sabes, Érika? ¿sabes por qué murió tu padre? Porque en la caída había sufrido una hemorragia interna que terminó contaminando todos los órganos de su cuerpo. Llamé y llamé a la ambulancia en múltiples ocasiones y ¿te puedes creer? El SAMU solo llegó a casa cuando Miguel ya estaba muerto, después de diez días agonizando, porque podían permitirse dejar a un yonqui morir, pero no podían pasar inadvertido un fallecimiento. Entonces, ya puedes imaginar, pensé en reclamar la negligencia por parte de los servicios de urgencia, pero ¿adivinas cuál fue el diagnóstico del certificado de defunción? Que Miguel era drogadicto y había muerto de sida.

Sí, aquí llega la parte más difícil para mí. Prefiero ser directa. Tenía 30 años cuando me diagnosticaron VIH. Justo los que hoy tienes tú. Y caí en una depresión de la que, muy a mi pesar, te hice partícipe. Hoy lo comprendo y no sabes cuánto lamento habértelo ocultado. Entonces era el año 94, tú comenzaste a hacerte mayor y a identificar a tu madre con una mujer histérica, malhumorada y triste. Podría decirse que adquiriste la capacidad de conocerme justo cuando yo iniciaba la etapa más oscura de mí misma. Y eso te afectó. Nos afectó. Ahora lo entiendo. ¿Pero sabes el miedo que tenía de decirte lo que en realidad me pasaba? Sé que no creías que estuviera enferma cuando te pedía que bajaras la música de tu habitación o cuando te rogaba que me ayudaras con las tareas o recados. En esos momentos hablábamos idiomas distintos y tú también experimentabas los cambios a tu estilo característico. Era nuestra manera de sobrevivir. Ahora, supongo que ambas habremos cambiado. Y me alegra imaginar que te pueda ir realmente bien. Mi vida desde que te fuiste se ha basado en intentar ocultar a todos mi situación. Siempre me ha preocupado lo que pudieran pensar de mí, así que comencé a hacer deporte y empecé a tomar los retrovirales que me había negado a consumir años atrás. Quería verme bien, necesitaba recuperarme anímicamente y estar preparada para poder contar de una manera tan contundente cuál ha sido mi recorrido en esta vida, con la certeza de que he mejorado mi salud y mis hábitos cotidianos. Si no he decaído en todo este tiempo es porque recibo ayuda del Comité y porque he terminado conociendo a una persona muy especial. Se llama Eddy, es algo más joven que yo, pero ya me conoces, Érika, yo siempre me he sentido muy joven. Las cosas están tranquilas y eso me gusta. Pero ya ves, hija. Ya sabes cómo es tu madre. La vida solo le irá realmente bien cuando se atreva a dejar atrás los miedos que la persiguen. Por eso, hasta entonces, o a hasta que des con esta historia, permaneceré imaginando un reencuentro, quién sabe, quizás en un futuro, tal vez en Bar le Duc. De nuevo. Contigo. ♦ Pilar Devesa – Valencia

4 comentarios en “A mi hija, a su pesar

    • saki dijo:

      Hola Anais.eres un ejemplo para todos.Eres una muestra de como hay que luchar en la vida y como lo sigues haciendo día a día.Ojala pronto puedas estar con tu hija y mas feliz todavía.
      Un abrazooo.

      Le gusta a 1 persona

  1. Ana dijo:

    Valiente Anais !! Ojala consigas reencontrarte con tu hija y os deis una segunda oportunidad incluso con tu compañero Eddy. Te mereces ser feliz.
    Un fuerte abrazo

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