Historia reciente de un falso positivo

¿Lo tuviste? ¿El VIH? Pero ¿cómo, Luisa?, ¿acaso no es una locura lo que dices? La invitan a pensar de inmediato sus interlocutores. Cualesquiera. No importa quién se decida a cuestionar su relato, las reacciones de Luisa son eternamente insólitas, llenas de carisma. Así es ella, siempre dotando de vehemencia los descuidos y tropiezos de la oficiosa espontaneidad institucional.

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Luisa cuelga el teléfono y permanece quieta, hierática. Acaban de darle cita para mañana en el banco de sangre y no comprende qué puede estar sucediendo. La palabra leucemia aparece por su cabeza, pero prefiere utilizar sus habilidades de abstracción para eliminar el pensamiento negativo. Al menos por el momento. Es un duro golpe, piensa, que a una la llamen de urgencia sin propósito de informarle: solo para alertarle de quién sabe qué amenaza. Qué sinvivir. Hoy ya no ceno. Y consigue hacer pasar las horas hasta que, a la desesperada, busca un bar de desayunos ya, por cierto, cerca del hospital. No puedo creer que el doctor no esté en su consulta. ¿Qué es lo que pasa? Y en éstas oye: ¿Luisa Llorca? En efecto, la llaman a ella justo cuando el doctor pertinente está todavía saliendo del ascensor, fuera de su despacho, llegando hasta él con su maletín y cierto ademán de no haberse despojado de todo el sueño que hubiera deseado. “¿Es usted la señora Llorca?” Y ahí mismo, frente a la consulta aún virgen, éste extiende su brazo y le ofrece un sobre que deposita impasible entre las manos temblorosas de Luisa. Ambos se hallan en pleno pasillo de la sala de espera y él solo tiene una advertencia para dedicarle: “Ha dado usted positivo en VIH. Pida cita dentro de tres meses y tenga precaución en sus relaciones sexuales”. Y ya. Y Luisa sale presta del hospital y se mete en su coche para leer al completo el contenido del documento. La lluvia ligera que choca contra las lunas del auto la aíslan de las miradas ajenas. Luisa llora. Qué extravagante todo esto, se cuestiona: “¿yo con VIH? Es imposible, no lo entiendo. ¿Han surgido nuevas formas de contagio que acaso la Ciencia desconoce?”

Efímeros de primavera

Luisa no tiene VIH, pero una vez lo tuvo. De enero a mayo. Vino y se fue, como esas plantas que aparecen al inicio de la estación florida y perecen antes de que los árboles permitan el brote verde y reciente de sus hojas primigenias. Llegó ipso facto y de mala manera, el VIH, como las noches despejadas que sorprenden con un despunte sombrío y bochornoso de las primeras luces del día. Nadie lo esperaba, mucho menos Luisa, que había acudido varios días atrás al Hospital Clínico de Valencia solo para acompañar a su madre en unas pruebas digestivas. Pero es que siempre le sucede igual. Cada vez que pasa por un banco de donación de sangre se ve motivada a ceder una parte de sí misma por los demás. Es donante convencida; su tía le había concienciado de esta necesidad social muchos años atrás y Luisa siempre había seguido sus pasos porque admiraba su modo de interactuar con el mundo. Eran tocayas. El nombre de ésta era consecuencia del de aquélla. Y siempre las habían tachado de ser dos gotas de agua, apacibles y vinculadas por un fuerte sentimiento de confraternidad.

“Mi tía Luisa donó sangre toda su vida, pero un día los enfermeros la citaron de urgencia para avisarle de que aquella vez sería la última. Le diagnosticaron leucemia y falleció a los seis meses”.

La noticia sobrecogió a todos, sobre todo a Luisa, que perdía un referente y ganaba la ilusión de continuar su legado: “inspirada por ella y empujada por la hartura de las esperas hospitalarias, doné sangre aquel día nublado, en el que acompañé a mi madre a la gastroscopia”. Luisa no podía imaginar que a los pocos días recibiría una llamada alarmante, en términos parecidos al caso anterior: “¿sería verdad eso que dicen de que a veces las historias familiares se repiten?           

                                   *                                 *                                 *

Luisa tiene 40 años, es trabajadora social, madre de dos hijos y actualmente es técnico de menores y familia en el ayuntamiento de Quart de Poblet. Tiene varios años de experiencia en el tratamiento de personas con VIH, siempre ha ofrecido sus conocimientos y cuidados a amigos y conocidos en la misma situación, y ha acogido temporalmente a niños con dificultades familiares, algunos de ellos portadores del virus o en período de ventana. El tema nunca le ha resultado distante ni indiferente. Luisa sabe muy bien lo que es el VIH y si algo ha aprendido a lo largo de su trayectoria profesional es la necesidad de apoyar psicológica y emocionalmente al paciente en el desvelado del diagnóstico: “me dolió sobremanera que las instituciones sanitarias me maltrataran de tal forma, dándome el sobre en pleno pasillo. Me pregunto si habrían actuado igual en el caso de una diabetes o un cáncer”.

Su realidad había cambiado, Luisa pasaba de ser una profesional social a ser, además, una usuaria de sus servicios: “una gran distancia separa contribuir en la lucha contra el VIH y pasar a padecerlo”. Sin embargo, en vez de silenciarse ante su entorno, Luisa decidió de inmediato exponer su situación en todos los ámbitos de su vida: “primero organicé un gabinete de crisis en casa, junto a mi pareja, mi hermana y mi cuñado. A la semana siguiente lo conté a mi madre y en el trabajo. No pensé ni en un instante digerir todo esto sola. Consideré que era importante que lo supieran y todos se sorprendieron muchísimo, en especial mi jefe”. Las únicas personas a las que silenció su caso fueron sus dos hijos: “quise esperar a explicárselo cuando pudiera darle al relato un poco de comedia”.

Era febrero de 2010 cuando Luisa fue diagnosticada con VIH y desde que supo la noticia comenzó a sentir algunos de los síntomas: “no comía, no dormía, tenía diarreas constantes. Pensaba que estaba empezando a manifestarse el virus y tenía cita para el médico en mayo, así que mi hermana actuó rápido y consultó mi caso a un amigo hematólogo de Madrid”. A ésta, como a Luisa, seguía pareciéndole raro que su hermana, que solo había mantenido relaciones con su ex marido, tuviera VIH solo por haber alimentado el contacto cotidiano con personas portadoras. Y entonces, la situación tornó a dar un giro de 180 grados.

Tuvieron que pasar unas cuantas semanas para que Luisa recibiera un diagnóstico diferente: “yo no tenía VIH, no tenía anticuerpos, todos los índices eran normales en mis análisis. Se equivocaron en el banco de sangre del Hospital Clínico de Valencia y me hicieron pasar unos meses muy angustiada, sobre todo, porque lo que más me preocupaba era dejar de ser una madre positiva y enérgica para mis hijos. Entiendo que en los hospitales los doctores están acostumbrados a dar muchos resultados positivos, pero durante el único encuentro que tuve con ellos no tuve la sensación de ser tratada como una persona”.

Luisa nunca volvió a acudir a aquel banco de sangre. No emprendió acciones legales contra su institución y ni siquiera tramitó una reclamación ordinaria. Continuó tranquila con su vida, retractó alegremente la falsa información ante sus allegados y, además, aprendió que tener VIH no solo implica sufrir una enfermedad, invita también a crear un juicio de valor: “todo el mundo se sorprendió con mi caso porque yo no cumplía el perfil que se había difundido en los medios de comunicación desde los años 80, el de pobres, putas y parientes. Y todo ello me hizo pensar que la visión que hoy en día se tiene de la persona con VIH es prácticamente la misma que hace dos décadas. Y esto es bastante peligroso. Yo no tengo VIH, es verdad, pero si de algo estoy segura es que sí cumplo el perfil de posible portadora, como tú. Y como todos”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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