Volver a empezar

“Siempre he estado seguro de tener el control de mi vida. Durante mucho tiempo he pensado que todo eran experiencias que más tarde recordaría a mis nietos y me harían sentir un aventurero de juventud. Sin embargo, los años han ido pasando y nunca he llegado a cambiar de etapa. Cada vez que he intentado superar mis adicciones he vuelto a recaer y eso me destroza. Hace tan solo un mes me metí el último golpe”.

josevi

Josevi tiene 53 años y reside en la Vivienda Tutelada El Faro I. Dedica su tiempo a las múltiples actividades y talleres que presta el Centro de día del Comité y, cuando no, pasa las horas en el gimnasio poniéndose en forma y distrayendo su mente, que muchas veces le sigue invitando a consumir: “hace un mes volví a beber y a esnifar cocaína; esa noche sentí tanta vergüenza por haber fallado de nuevo que dormí en un banco de la calle”.

Hace décadas que Josevi visita centros de deshabituación: “He pasado por recursos de todo tipo: cristianos, albergues, residencias, Proyecto Hombre. En todos estos sitios he estado un montón de veces y resulta muy frustrante, porque después de salir de cada lugar, casi siempre expulsado por mala actitud o por recaídas, he vuelto al único ambiente que conozco, el de la droga y la temeridad”.

Espiral

La historia de Josevi es similar a la de cualquiera. Tuvo una infancia feliz rodeado de primos mayores y hermanos menores. Vivió en casa de los abuelos en el Barrio de la Luz hasta que cumplió los 9 años y sus padres estuvieron preparados para acogerlo en casa: “Me habían tenido siendo muy jóvenes y quisieron hacer las cosas bien. Sin embargo, cuando me instalé con ellos las cosas no sucedieron como esperaba. Si cierro los ojos recuerdo perfectamente la noche en que mi padre se marchó de casa para siempre. Yo me hacía el dormido, estaba recién llegado y, al parecer, él había engañado a mi madre con otra mujer”.

Josevi permaneció con su madre y sus hermanos, y fue al colegio hasta los 13. Vivían en Castellón y por las tardes ayudaba a su madre en el bar que regentaba. Al poco, se matriculó para estudiar una FP, pero ya tenía otras inquietudes que pesaban mucho más en su escala de valores: “Me gustaba mucho el kárate, pero mi madre nunca me dejó ir a clases porque temía que en una disputa hiciera daño a mi hermana, así que me apunté a boxeo sin que nadie lo supiera”. Debió mentir sobre su edad, Josevi, porque para federarse necesitaba tener 16 años y él aún no sobrepasaba los 14: “el boxeo fue siempre mi vía de escape; mi equipo era muy bueno, tanto que llegó a quedar campeón de España en categoría Amateur”.

A los 15 años volvió a Valencia con su madre y su nueva pareja, un hombre que para Josevi fue especialmente influyente: “Salvador fue la mejor persona que he conocido, mi mejor amigo, un hombre íntegro que siempre me regalaba grandes consejos. Cada día lamento no haberle tenido más en cuenta; ahora sería empresario y mi vida hubiera ido por otros caminos”. Pero en esa época, a Josevi los consejos de los adultos le parecían de lo más accesorio: “yo solo quería dedicarme a la lucha grecorromana y a ponerme como una moto. Y al final pasa lo que pasa, que pruebas muchas drogas y te entra curiosidad por probar los efectos de las más fuertes”.

Su primer chute de heroína fue con 16 años: “un colega quería que probara el material que había pillado y usamos la misma jeringuilla. Desde aquel día esto pasó muchas veces, sobre todo porque ninguno pensaba que pudieran transmitirse enfermedades de ningún tipo y porque yo tenía mucha facilidad para pelearme con todas las novias que me iban saliendo, y eso se convertía en una excusa para consumir más y más. Yo estaba medio loco en esa época”.

Tenía 18 años cuando decidió casarse con María. Pero no duraría mucho el encandilamiento porque Josevi fue reclamado para ir a la mili en Vitoria y, a su regreso, se había deteriorado tanto que María no pudo más que alejarse: “estuve en una unidad de élite, pero me echaron porqjsoevi 2ue me emborrachaba casi a diario. Me trasladaban de un sitio a otro y ya no sabían dónde instalarme, porque donde iba la liaba. Para otros no lo creo, pero para mí la mili fue algo de lo más divertido”.

Zigzag

En el año 82 Josevi regresa a Valencia y decide montar un bar junto a un amigo: “la cosa no salió bien porque no habían pasado ni unos meses desde que pusimos en marcha el negocio cuando me acosté con su mujer. A partir de ahí todo se degradó y mi vida comenzó a ser como la del protagonista de cualquier película quinqui: empiezo a pegar palos en tiendas, a pelearme, a reventar bares y a hacerme polvo todos los días”. Josevi ha estado detenido muchas ocasiones, pero nunca ha sido condenado: “alguna vez entré a prisión, pero nunca se encontraron pruebas suficientes para encerrarme mucho tiempo”. Pero entonces conoció a Marisa y, por vez primera, Josevi decide presenciarse en la UCA, Unidad de Conductas Adictivas, para tratar de desengancharse de todas las drogas.

En el año 1986 Marisa se queda embarazada y Josevi hace lo que puede por mantenerse limpio: “sin embargo, como no podía evitar mis pintas de yonqui, cuando nació mi hijo en el hospital no dudaron en hacernos la prueba del VIH a los tres”. Josevi dio positivo, Marisa también, pero por suerte el recién nacido estaba completamente sano: “Yo no le di importancia a la noticia y mi mujer tampoco, ella entendía que había llevado mala vida y que son cosas que pasan”.

Encontró trabajo como pintor para mantener a la recién creada familia y fácilmente comenzó a ganar mucho dinero: “no me costó mucho volver a las andadas. Nunca supe darle buen uso al dinero, así que me volví a juntar con los amigos de antes, que eran tan impresionables como yo, y volvimos a los chutes y a la delincuencia”. Eran los 90. Marisa comenzó a alejarse y, de nuevo, Josevi quiso dejar la droga motivado siempre por las amenazas de abandono: “compensaba mis ciegos anteriores combinando pastillas y alcohol, pero desde luego esa no era manera de eliminar el problema, fue una manera de hacerlo mayor. También estuve con la metadona mucho tiempo, pero me estreñía tanto que mi estómago parecía una bomba que iba a estallar y yo, a nivel mental, también”.

No encontraba escapatoria para retomar las riendas de su vida. Tenía un buen trabajo, que le permitía dar una buena vida a su hijo, pero lo único que le hacía sentirse persona era chutarse: “mi adicción era tal que, si abandonaba los tratamientos antes de tiempo, mi cerebro se consumía por el mono: dejaba de saber leer, me costaba hablar, no sabía qué hacer ante un semáforo, ni ir a comprar el pan”. Solo cuando se drogaba de nuevo, su cerebro volvía a funcionar con la normalijosevi 3dad acostumbrada. La tendencia era la misma, un nuevo enganche, otro nuevo reto para Josevi imposible de conseguir: “Me quedé en 40 quilos y volví a robar de nuevo. Mi familia ya me dejó hacer. Iba a ver a mi hijo de vez en cuando con algún regalo, pero mi vida ya era otra”.

Una vez en Las Cañas, después de un chute de los que te dejan derrotado en tierra, le encontraron unos hombres y le invitaron a viajar a Santander a un centro cristiano en plena naturaleza. Accedió Josevi, porque no tenía una opción mejor, ni nadie con quien consultar el asunto: “lo hice sin pensar y, para mi sorpresa, llegué a simpatizar bastante con los evangelistas, a pesar de que siempre me había sentido en conflicto con Dios”. Pero un día, como el dice, le dio la paranoia y regresó a Valencia de puntazo: “estaba claro, otra vez en riesgo de engancharme. Tenía casi 40 años, pero no había discursos, ni centros, ni pueblos diferentes que me fueran a cambiar la mentalidad ni la actitud”.

Siempre que se enfrenta a un problema, Josevi no sabe muy bien cómo gestionar sus pensamientos y emociones: “soy una persona muy impulsiva y por eso me han echado de la mayoría de recursos que me han acogido. Sin embargo, nunca he tirado la toalla del todo y aún sigo pensando que la vida tiene guardada para mí una oportunidad para ser mejor persona y para poder enseñar a mi hijo que un cambio verdadero es posible, aunque nadie dé un duro por ti”.

A día de hoy su hijo está encerrado en Picassent por tráfico de drogas y Josevi está en lista de espera para entrar en un programa de deshabituación completa de la UCA.

“Me niego a pensar que es imposible mejorar, que no hay otra salida para los que estamos abajo. Solo espero que, al final, cuando sea, haya un día en el que recuerde todos mis errores como historias lejanas de mi pasado. Como un hoyo muy profundo del que salí luchando”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

Haz clic aquí si quieres visualizar un vídeo de José Vicente contando parte de su historia.

Con la colaboración de:

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